No nos gusta que nos anden besuqueando: El acoso sexual “jefe- trabajador” es una herramienta de dominación donde siempre culpan a las víctimas

El acoso sexual en el trabajo, para muchas mujeres, no es un hecho aislado sino una experiencia que atraviesa su cotidianidad laboral. Se manifiesta en comentarios, miradas, insinuaciones o contactos no deseados que, aunque a veces se disfrazan de “halagos” o bromas, terminan erosionando su dignidad. En ese entorno, la mujer deja de ser reconocida por su capacidad o talento y pasa a ser vista como un objeto sobre el cual otros creen tener derecho a opinar o intervenir. Así, el espacio laboral —que debería ser de desarrollo y autonomía— se convierte en un lugar hostil, cargado de tensión y desigualdad.

Detrás de estas conductas hay una raíz profunda: una cultura que ha construido la masculinidad desde el poder y la dominación. 

Informes de la Comisión de Derechos Humanos afirma que durante mucho tiempo, se ha naturalizado la idea de que los hombres “son así” y que las mujeres deben tolerar o incluso aceptar ese tipo de comportamientos. 

Cuando las mujeres ingresan y se consolidan en el ámbito público y laboral, cuestionan ese orden tradicional, y es justamente ahí donde el acoso aparece como una forma de reafirmar jerarquías y mantener el control. No se trata solo de deseo sexual, sino del ejercicio de poder sobre quien ocupa una posición considerada inferior o subordinada.

Para el psicólogo Karim Hernández, “en muchos casos, el acoso sexual se convierte en una herramienta de dominación más que en una expresión de atracción”. Es decir, el agresor obtiene satisfacción no tanto del acto sexual en sí, sino del control que ejerce sobre la otra persona. La mujer es cosificada, reducida a un medio para reafirmar la autoridad o la superioridad de quien acosa. Esto se intensifica en relaciones laborales donde existe subordinación, ya que el agresor puede condicionar oportunidades, ascensos o incluso la permanencia en el empleo.

A pesar de la gravedad de estas situaciones, muchas mujeres callan. El silencio suele estar atravesado por el miedo a represalias, a perder el trabajo, a no ser creídas o a ser señaladas como responsables. También influye la normalización social del acoso, que lleva a minimizar los hechos o a pensar que denunciarlos no tendrá consecuencias. A esto se suma la vergüenza y el desgaste emocional que implica revivir la experiencia. 

En ese contexto, el silencio no es consentimiento, sino una estrategia de supervivencia frente a un sistema que todavía, en muchos casos, no garantiza protección ni justicia.

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