Con frecuencia se plantea la pregunta sobre cómo son los padres de hoy en día y si se ha evidenciado un cambio a lo largo de los años. La respuesta es afirmativa: los cambios han sido muchos. ¿Han sido necesarios? Algunos sí. Si el cambio se entiende como movimiento, renovación y avance, puede afirmarse que en diversos aspectos los padres actuales le dan la bienvenida a la transformación, pues poseen miradas de futuro más amplias y visionarias. No ponen límites a los sueños de sus hijos; procuran un desarrollo integral que articula lo emocional, lo social y lo académico, y los roles de padre y madre suelen combinarse mucho más que antes.
¿Dónde aparecen entonces los retos? Allí surge una gran contradicción en los “cómos”. Esas miradas de futuro con las que sueñan los padres parecieran querer venir acompañadas de un camino pavimentado, con flores bordeando el sendero y una brisa suave que evite cualquier incomodidad. Acá cabe preguntarse: ¿se está preparando el camino para el niño o se está preparando al niño para el camino?
Con frecuencia, el instinto más primario de los padres es eliminar cualquier obstáculo del recorrido de sus hijos, intentando evitarles el dolor de una decepción o el peso de una frustración. Intervienen para que no sufran: ofrecen excusas cuando llegan tarde porque “amanecieron cansados” o no hacen sus tareas; se comunican entre sí para resolver conflictos que corresponden a los niños, o solicitan cambios en las rutas escolares para evitarles caminar unas cuadras. “En ocasiones, más que ayudar o rescatar al niño, estas acciones tranquilizan al adulto y refuerzan su autoestima como buen padre o buena madre. Se confunde la necesidad adulta de calma con el bienestar real del hijo, sin advertir cómo esto puede debilitarlo y privarlo de la posibilidad de construir su propia fortaleza. Sin embargo, desde la neurociencia y diversas filosofías de crianza orientadas a un crecimiento equilibrado, se advierte que al “limpiarles el camino” podría estarse limitando la construcción de su fortaleza mental”, aseguró Adriana Casas, coordinadora de Primaria del Colegio Hacienda Los Alcaparros.
Como padres y educadores, conviene preguntarse: ¿se está criando para la vida o para el momento? A veces se confunde “ser buenos padres” con “hacer felices a los hijos todo el tiempo”. No obstante, la felicidad no es la ausencia de problemas; implica la capacidad de gestionarlos. Como explica la Dra. Rojas Estapé, la mente no distingue con claridad entre una amenaza real y una preocupación imaginaria. Si se rescata a un niño de cada pequeña desilusión, su sistema de alerta relacionado con el cortisol no aprende a regularse. Enfrentar la frustración fortalece literalmente la corteza prefrontal; la frustración es entrenamiento para el cerebro. Cada vez que un niño tolera un “no”, afronta un conflicto o supera un error, está ejercitando su voluntad y su capacidad de manejar el estrés futuro. Cuando los padres intervienen para “arreglarlo” comprándole el juguete que no obtuvo, haciendo su tarea difícil o pidiendo perdón por él, pueden transmitir el mensaje implícito de que no es capaz de manejar la incomodidad, asumiendo el rol de solucionadores en lugar de ser contenedores de la situación y de las emociones.
Cada vez más neurólogos hacen referencia al desarrollo del lóbulo prefrontal y a su proceso de maduración. Se sabe que esta zona del cerebro permite anticipar, planificar, organizarse y comprender el impacto de las propias acciones y decisiones. Su desarrollo completo tarda muchos años, y lo fundamental es que se entrena: solo a través de experiencias reales y auténticas se produce el tejido neuronal y el crecimiento necesarios. El cerebro necesita un motor; cada acción, pensamiento y emoción deja una huella y configura la manera de entender la vida y el mundo. La pregunta es inevitable: ¿se está permitiendo que el cerebro de los hijos alcance su máximo potencial? Al eliminar todas las piedras del camino, podría estarse impidiendo ese desarrollo.
“La vida no es perfecta, y la infancia tampoco necesita serlo. Los niños requieren sentir, equivocarse, intentar, frustrarse y volver a empezar. Cada experiencia les permite interiorizar un mensaje poderoso: “soy capaz”. No se trata de dejarlos solos, sino de acompañarlos sin arrebatarles la oportunidad de crecer. El verdadero regalo no consiste en resolverles el camino, sino en ayudarlos a construir los caminos dentro de su propio cerebro. El papel de los padres no es retirar cada obstáculo, sino permanecer al lado mientras el hijo lo atraviesa. Validar la emoción “es difícil no ganar, lo sé, estoy contigo” es construir apego seguro. Cuando los adultos aprenden a tolerar la incomodidad de ver a sus hijos atravesar momentos difíciles, con la certeza de que podrán superarlos y que contarán con acompañamiento, están formando niños resilientes, capaces de levantarse tras caer y de soñar con un futuro sin límites, incluyendo en ese horizonte los inevitables obstáculos”, añadió Casas.
La resiliencia no es un rasgo innato; se forja en la brecha entre el deseo y la realidad. Las decepciones enseñan que los sentimientos incómodos son temporales. Si nunca experimentan el “frío” de la derrota, no descubrirán su capacidad de generar el “calor” interno necesario para seguir adelante. La manera en que los padres gestionan sus propias frustraciones y reaccionan ante los errores de sus hijos influirá en el diálogo interno que estos desarrollen. Al permitirles enfrentar las situaciones que la vida presenta, dentro de un entorno seguro como el hogar o el colegio, se les brindan herramientas para afrontar un mañana lleno de retos. Permitirles sentir, fallar y, sobre todo, confiar en su capacidad para crecer y recuperarse es una de las mayores expresiones de amor y responsabilidad en la crianza.










