Mientras cada año llega la Semana Santa, una tradición se repite en varias regiones del país: el consumo de carne de tortuga. Lo que muchos consideran una costumbre cultural tiene hoy un costo ambiental altísimo. En el Caribe colombiano, esta práctica está empujando al borde de la desaparición a la tortuga de río, una especie única en el planeta que solo habita en esta región.
La Podocnemis lewyana no existe en ningún otro lugar del mundo. Vive en los grandes ríos como el Sinú, San Jorge, Cauca y Magdalena, desplazándose entre ciénagas, lagunas y caños. Pasa gran parte de su vida en el agua, aunque suele asolearse sobre troncos o en las orillas. Su dieta, basada en frutos, hojas y flores acuáticas, la convierte en una pieza clave del equilibrio natural de estos ecosistemas.
Y es que estas tortugas no solo habitan los ríos: los mantienen vivos. Al consumir vegetación acuática, ayudan a conservar la profundidad y el espejo de agua, evitando que los cuerpos hídricos se obstruyan. Además, transportan semillas y frutos, facilitando la regeneración de la vegetación. También son parte fundamental de la cadena alimenticia, sirviendo de alimento para peces, aves y caimanes.

Sin embargo, hoy enfrentan múltiples amenazas. La pérdida de hábitat, la contaminación y, sobre todo, la sobreexplotación para el consumo de carne y huevos han reducido drásticamente sus poblaciones. A esto se suma la captura de crías para venderlas como mascotas, una práctica que afecta directamente la posibilidad de supervivencia de la especie.
La hicotea: otra víctima silenciosa de la tradición
La situación no es muy distinta para la Trachemys callirostris, conocida popularmente como hicotea o jicotea. Esta especie, también emblemática del Caribe, sufre la misma presión durante la Semana Santa, cuando su carne es altamente demandada.
Al igual que la tortuga de río, la hicotea cumple funciones ecológicas esenciales: regula la vegetación acuática, contribuye al flujo de nutrientes y forma parte de complejas redes alimenticias. Su desaparición no solo implica la pérdida de una especie, sino el deterioro progresivo de los ecosistemas acuáticos de la región.
Hoy, más que nunca, la reflexión es urgente. No se trata solo de conservar animales, sino de proteger el equilibrio natural del que también depende la vida humana. Cada tortuga que desaparece es un río que pierde salud, un ecosistema que se debilita y una herencia natural que se extingue.
Cambiar esta historia está en manos de todos. Porque preservar estas especies no es renunciar a la cultura, sino transformarla para que la vida —en todas sus formas— pueda continuar.










